¡Problemas de calendario!!
- M. I
- 8 nov 2025
- 2 Min. de lectura

Y dijo a otro: Sígueme. Él le respondió: Señor, déjame que primero vaya y entierre a mi padre. Jesús le dijo: Deja que los muertos entierren a sus muertos; pero tú vete a anunciar el reino de Dios. Lucas 9.59–60
En el trío de encuentros que relata el evangelista Lucas nos topamos con este segundo personaje. Este no vino a ofrecerse a Cristo como discípulo, como el anterior, sino que fue llamado. Cabe señalar, de paso, que en el reino no existen voluntarios, sino solamente personas seducidas con un llamado.
El llamado que Jesús hace a este individuo es similar al llamado que hizo a decenas de personas: «sígueme». En esa simple palabra está encapsulada la esencia de lo que significa ser un discípulo. No es un llamado a unirse a una religión, a asistir a una serie de reuniones o a congeniar con algunos enunciados acerca de la vida espiritual. Es una invitación a ponerse en pie para servir a Cristo en cualquier lugar. El discípulo no decide el rumbo, ni la forma, ni el itinerario. La única decisión que toma es la de ponerse en pie y comenzar a caminar con el Señor.
El individuo del pasaje de hoy quería seguir al Señor, pero pidió que se le diera un tiempo para atender unos asuntos familiares. Si tuviéramos que traducir a nuestro idioma la petición de este varón, diríamos que contestó: «Señor, te seguiré con mucho gusto, pero primero tengo algunos asuntos que atender».
En cuántas ocasiones, compartiendo el evangelio con otros, he escuchado a personas decir: «Me parece muy bueno, pero primero déjame que disfrute un poco de la vida».
En la respuesta encontramos uno de los mayores impedimentos para seguir a Cristo y es el deseo de decidir nosotros el «cuándo». No es que exista en nosotros un espíritu de desobediencia; todo lo contrario, tenemos la intención de hacer lo que se nos ha pedido. La única diferencia es que pretendemos hacerlo cuando sea más cómodo para nosotros. Esto es lo mismo que desobedecer.
Es importante señalar que no existía nada de malo en el deseo de esta persona. Este precisamente es el problema, que los asuntos que nos impiden una entrega absoluta no son malos. Muchos de ellos son más que loables. Sin embargo, todo lo que se interpone entre nosotros y Cristo debe ser desechado.
¡Dios los bendiga!!




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